I
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No Alba, no quiero saber más.
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Lena, escúchame, tu sabias perfectamente cómo iba a terminar.
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No quiero saber más – cuelga el teléfono –
Los ánimos de
Lena habían caído de un momento a otro, esas alegrías que tanto
divulgaba su conciencia combinada con su niñez retardada y las mil y
un sonrisas que compartió con amistades, familia y desconocidos se
borraron sin dar marcha atrás.
Un recuerdo colmó
la paciencia extrema que tenía y una breve visita al baño de
redacción se convirtió en el mejor remedio para esta joven
veinteañera. Papel, teclas, correctores, café y de nuevo al ruedo,
una ceremonia de nunca acabar, la coyuntura política era muy intensa
y el Mensaje a la Nación del Presidente de la República – de
turno – era tan aburrido como las noches del domingo. Camino a casa
las líneas de la pista se reducían conforme la velocidad del bus,
uno, dos, tres, cuatro, veinte, ochenta, ciento quince, demonios
¡Cánsate María Elena! cuatro años de abstinencia amorosa y
¿vienes con estas vainas? ¡Para! No es posible que estés peor que
un trompo y aparentes más frialdad, ¡Contesta! Demasiado tarde, una
lágrima invadió su mejilla izquierda.
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¿Qué haces en mi cuarto mamá?
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Limpiando y botando cosas que no sirven.
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¡Mamá! ¡Es mí privacidad, déjame en paz!
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¡No me hables en ese tono! Cuando pagues algo en esta casa harás las cosas como tú lo desees.
Era cierto, hacía
siete meses que Lena venia ahorrando para pagarse el ciclo completo
de la universidad y su madre, a pesar de todo, le exigía cada mes un
monto para las cosas de la casa; no era mezquina, ella siempre se
caracterizó por ser una chica que cuidaba de los demás y ayudaba en
todo momento, sino pregúntenle a su mejor amigo, Mario. En un
arrebato cogió su mochila, llaves, lentes oscuros, algo de efectivo
y lo sobrante del chocolate que compró esa mañana. Se fue sin decir
a dónde.
Ya en el paradero
llamó a su amiga Zoe, acordaron verse en la avenida Brasil a las
tres de tarde con un chaufa 'para calmar las ansias' de por medio, el
único bus que la transportaba llevaba una 'C' gigante en el centro
del parabrisas ¡Qué ganas de demorarte! Pensó ella. Ya en el
trayecto encendió su celular y accionó el random, menuda canción
de Led Zeppelin para variar, “Todo mi amor para ti” rezaba el
coro, sí claro, All of my love to you. Otra lágrima y la
sensación de frio por todo el cuerpo.
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Debes contarme ¿Qué pasó contigo? ¿Por qué esa cara de sueño?
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No es nada Zoe, solo tonterías.
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Ay flaca, tu eres regia, has bajado ocho kilos en seis meses y te pones deprimida, ¿Quieres deprimirte? Escucha mi drama con Leo – risas –
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Ok, soy toda oídos.
La conversación
se extendió por media hora, las palabras iban y venían mientras que
el ambiente olía a caballo, no era para menos, una cuadra atrás se
había realizado la famosa Parada Militar por Fiestas Patrias.
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Ahora cuéntame tú.
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No Zoe.
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Anda Lena, no seas egoísta.
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¿Egoísta yo? – pensó – egoísta es él.
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¿Flaca, estás? Reacciona, tierra llamando a Lena. Uno, dos, tres ¿Aló?
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Sí.
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Dime Lena, aquí estoy, soy toda oídos.
Tomando una gran
bocanada Lena inició el relato, empezando desde mayo y terminando en
la mañana del sábado pasado; esto era mientras devoraban dos platos
de arroz chaufa con chancho. Zoe no podía creer lo que escuchaba, la
tierna y dulce Lena se había vuelto una femme fatale ante los
ojos del único hombre que logró sembrar mariposas en su estómago
desde tiempos inmemorables. Esa tarde, esas calles y el aire frío
complementaban la historia mientras una señal de desahogo se asomó
entre ambas jóvenes, habían limpiado su karma de momento. Las cosas
eran más sencillas, pasado algún tiempo se olvidarían de las
desventuras del amor y reiniciarían su camino, pero ese día era el
día de hablar todo.
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Es un basura ¿Se atrevió a eso?
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Zoe, yo tengo la culpa, soy una tonta.
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Deja el drama ¡Despierta! No te merece.
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Es difícil, jamás había sentido esa sensación de gelatina.
Fue en ese
instante donde la enérgica e imponente Zoe decidió ir a la avenida
Petit Thouars para buscar helados, mentira, ella quería mostrarle el
hotel donde perdió la virginidad. Ese es, señaló con su dedo
tatuado, ese cuarto, ese lugar, lo odio Lena, odio a Leo. Los ánimos
se caldearon cuando recorrieron las cuadras aledañas a un mercado y
llegaron a una esquina muy familiar. Comeremos helados, no jodan, es
invierno y necesitamos algo dulce en la boca. Luego de una larga
despedida, el camino a casa se hizo otra eternidad pero esta vez Lena
deseaba con todas sus fuerzas vivir en ese instante congelado con la
ventana abierta y cientos de gotas de lluvia cayendo sobre su rostro,
era perfecto, Dios se acordó de mandarle una señal de esperanza
personal.
- Hola papá.
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¿Dónde fuiste hija?
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Por ahí – silencio – fui a ver a mi amiga Zoe a Jesús María, se sentía mal.
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Tu mamá se encuentra viendo televisión.
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Ah ya.
No era novedad,
ella compartía su cuarto con mamá ya que el departamento era muy
pequeño y el dinero no alcanzaba para el alquiler de una casa con
dormitorios personales. Minutos después sintió un movimiento
conocido, era Rocío preguntándole si tenía toallas higiénicas a
su hija de 23 años, llegó el periodo mensual con algo de retraso,
la menopausia se había consolidado recién en su madre de 49
agostos.
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Perdóname hijita.
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No te preocupes, ya pasó.
Efectivamente,
había pasado la tormenta pero los deseos de correr, verlo, gritarle
y escupirle en la cara no cesaron hasta que los ojos pesaron y
nuestra protagonista cayó rendida en un profundo sueño. En imágenes
podía recrear instantes de felicidad y amargura al mismo tiempo, él
mirándola con esos ojos marrones y pestañas largas, con una sonrisa
de pervertido, cogiéndole el cabello con una mano y experimentando
el más dulce beso en medio de una danza turgente cubierta por la
noche. Sí María Elena, te habías enamorado del cretino que engañó
a tu exmejor amiga Marcela y había seducido tu cándido interior,
exactamente como lo advirtió Mario y Alba: eras la próxima víctima.
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Maldito Bruno ¿Cómo pudiste? Te entregué todo sin recibir nada a cambio, te burlaste de mis sugerentes arrebatos de niña, de mi forma extraña de pensar, mi ser, mis deseos ¡Yo quería ser quien te besara todas las noches! ¡Me aburrí de esperar un turno! Quiero matarte pero no me atrevo, cogerte las mejillas y llenarte de besos, soltar mi voz de engreída combinada con un gemido, hablarte de música, beber un trago y fumar otra cajetilla de cigarros mientras saboreo un chupetín de fresa. Carajo ¿Qué he hecho con mi vida? Si esto es amor, prefiero la muerte.